Solo estoy durmiendo

Merlo no abrió los ojos el primer día del año. Despertó como lo había hecho cada día de su vida, sin embargo, no quería abrir los ojos. Pasó una hora sin caer dormido, cuando notó que podría estar así mucho tiempo más. No era difícil. Tres días antes había conocido a una chica en la calle. La detuvo, le preguntó su nombre y después si era con una o dos enes. Sin importar la respuesta, él habría dicho que esa era la forma superior de escribirlo. Iba con prisa al restaurante donde no era mesero, sino corredor de comida: Es decir, no tomaba órdenes, solamente las llevaba. Así que tomó su número de teléfono y acordaron ir por un café el primer día de enero. Pero Merlo no abrió los ojos aun cuando dieron tres horas. No sabía qué hora era, pero eso es lo que calculaba él y tenía un excelente reloj mental, incluso se enorgullecía en llegar al microondas justo cuando sonaba el bip, sin importar si puso algo en él treinta segundos o cinco minutos con cuarenta y dos segundos. Empezó a tener un poco de hambre, y si se había despertado a las siete, como acostumbraba por años, debían ser las diez. Entraba a trabajar a las once. Al fin sintió la necesidad de hacerlo, pero Merlo no abrió los ojos. Se preguntó por qué. Sabía que lo que estaba haciendo era raro. Incluso tenía calor, pero no se quiso quitar las cobijas. Qué tal que alguien lo estaba viendo y descubría que se estaba haciendo el dormido. Entonces recordó que eso es lo que hacía en su infancia. Hacerse el dormido, a ver si sus papás se lo creían y dejaban de pelear un rato para cargarlo por las escaleras a su cuarto en el departamento, donde en unos minutos se tendría que levantar a golpearlos con almohadas para que dejaran de gritar y lo dejaran dormir, ahora sí en serio. Pero no sintió nada al recordarlo, ni furia, ni melancolía. Tal vez una pizca de agobio, pero bien pudo ser el calor. Son las once, dijo Merlo en su mente. Ahora sí tenía hambre, sed, y estaba un poco aburrido, pero Merlo no abrió los ojos. ¿Si lo hiciera, qué comería? Justo cuando pensó esto, su refrigerador hizo un fuerte clic y empezó a sonar el radiador. Merlo pensó que no se podía llamar radiador, eso es la parte de un coche que tampoco conocía, no obstante, sonaba a lo que sonaría un radiador. Sabía que en la nevera había verduras congeladas, y en su alacena tenía arroz y mayonesa. Así que podía preparar arroz chino. Aunque también sabía que nunca más volvería a comer arroz chino. Si seguía fingiendo que estaba dormido, no tardaría más de una quincena en morir. Se preguntó si a alguien le importaría cuando sonó su teléfono. Fue la primera vez que escuchó todo su tono de llamada. Era horrible, pero no lo suficiente para haberse dado a la tarea de cambiarlo cuando aún se movía y abría los ojos. Sonó de nuevo, y luego, una vez más. Debía ser el trabajo, cualquier otra persona le habría mandado un mensaje. Entonces sonó el tono de mensaje, y después otro. Cree que si hubiera sido del trabajo, únicamente habría sido un mensaje: ¿Dónde estás? Así que tal vez era alguien más. Pero no tendría sentido llamar y luego dejar dos mensajes. Probablemente nunca fueron los del trabajo. Tal vez era su mamá. O incluso, la amiga de su mamá preguntándole a ella por qué no había ido a trabajar, pues era la dueña del lugar. Llegó a la conclusión de que las llamadas eran del restaurante, seguidas por un mensaje de ellos y luego uno de su mamá preguntando lo mismo. Pasó media hora para que llegara otro mensaje. Y luego otra hora. Lo malo es que no recordaba cuántas horas habían pasado desde que despertó, solamente el tiempo entre sucesos. Se dio a la tarea de contar y llegó a la conclusión de que eran siete, más la media hora que se tardó en hacerlo, entre divague y divague. Escuchó a su mamá llamarlo desde la calle. Supuso que si apenas podía escuchar sus gritos, no iba a poder escuchar nada más. Entonces sonó su teléfono de nuevo, pero Merlo no abrió los ojos. Pensó en terminar su farsa y fingir que se había quedado dormido, pero si sus cálculos eran correctos, eran más de las cinco de la tarde, y levantarse a esa hora era simplemente ridículo. Nadie lo habría creído. Aun así, sentía culpa por preocupar a su madre. Merlo vive en un estudio de un cuarto, en la planta baja, donde duerme en un futón, pero esa noche no lo convirtió en cama, solo era un sillón. Dejó la cortina entreabierta, así que tal vez si alguien cruzara a la calle opuesta a su casa y caminara a la esquina, podría ver levemente que ahí está Merlo, o al menos sus pies. Mientras pensaba esto, su teléfono no dejaba de sonar. Al fin se detuvo y fue reemplazado por el arrancón de un coche que definitivamente era el de su madre. Merlo sintió su corazón detener, y su cuerpo se estremeció. No había vuelta atrás. Nunca más abriría los ojos ni se movería, y eventualmente moriría. Pero no era por miedo a la regañiza, ni por un trauma de la infancia. Al inicio no sabía por qué se hacía el dormido para nadie, y después el ímpetu era demasiado poderoso. La realidad era que a final de cuentas se sentía bien. Tampoco era que no hubiera algo por lo que despertar, por lo que levantarse cada día, pues hasta el primero de enero, lo había hecho. Tenía metas, sueños, familia, amigos, e incluso las cosas que no eran buenas en su totalidad, como el trabajo, tampoco eran malas. Aun así, al poner las cosas buenas de levantarse, en una balanza contra las malas, hacerse el dormido era mejor que no hacerlo. Darse cuenta de ello le dio mucha calma. Más de la que había sentido en cualquier momento de su vida. Sostener a sus hermanas por primera vez y ver sus panzas inflar y desinflar cada vez que daban un respiro mientras dormían era un momento comparable, pero era opacado por saber también todo lo malo que conlleva estar vivo. Merlo decidió que lo que tuviera que pasar, pasaría, pero prefería pasarlo dormido. La puerta se abrió, y su mamá, asustada, gritó el nombre de Merlo. La sintió arrodillarse junto a él y tocar su frente. - Merlo, despierta - dijo su mamá a punto de llorar. Sabía que si su abuelo siguiera vivo, estaría ahí con ella, pues era doctor y la primera persona en la lista de emergencias. Su papá probablemente aún no sabía que Merlo no reaccionaba. Y su padrastro estaría cuidando a sus hermanas. Su mamá era la única ahí, y no era suficientemente fuerte para cargar a Merlo al carro y llevarlo a un hospital, pero lo estaba intentando. La sintió rendirse y se dio cuenta de lo tristes que estarían sus hermanas si Merlo no despertaba. La forma más natural de hacerlo era estremecerse, despertar de un brinco, como si todo ese tiempo hubiera estado soñando en lo más profundo de su cerebro descompuesto; y de repente una pesadilla lo asusta tan fuerte que pasa por todas las capas del sueño hasta la conciencia. Merlo intentó, pero no pudo abrir los ojos. Trató con todas sus fuerzas mover aunque fuera un dedo, pero no pudo, había llevado esto demasiado lejos. Su mamá llamó a la ambulancia que lo llevó al hospital. Escuchar su llanto era más horrible que la sed y el hambre. Al fin se calmó un poco el insoportable nudo en la garganta cuando su mamá entró en shock y dejó de llorar; los doctores le dijeron que iban a hacer distintas pruebas para ver si estaba en coma. Merlo dejó de escuchar a su mamá, pero creyó escuchar la voz de su hermana de seis años antes de que se cerrara la puerta. Sintió la mano de una mujer tomar la suya y ponerle algo alrededor del brazo, después escuchó una bombita de aire ser apretada varias veces. Otro par de manos, esta vez de un hombre, levantó su cabeza y puso una mascarilla de oxígeno en ella. En el momento en que esta empezó a soltar el gas, el primer par de manos tomó su brazo e introdujo una aguja en él. Merlo se sobresaltó, moviendo su cuerpo y dando una patada minúscula, pero suficientemente grande para que se preguntara si alguien se pudo dar cuenta. El sonido de válvulas rotando, de utensilios médicos chocando y de las rueditas de su camilla rechinando se detuvo. Los únicos cuatro sonidos que Merlo escuchó por dieciséis segundos fueron los de las luces de neón justo encima de él, un trozo de tela siendo frotada por los pelos de una barba, proveniente del cuello del doctor que volteó a ver su enfermera, el susurro que le dio al oído y el siseo del oxígeno en la mascarilla que no lo dejó escuchar lo que dijeron. Pasaron nueve segundos más hasta que los dos se fueron caminando, dejando la puerta abierta. Escuchó a su mamá levantar y caminar hacia ellos, a su padrastro detrás, y luego, unos pequeños pasos acercándose a Merlo. Cuatro segundos de absoluto silencio, logrado con años de práctica. - Guiri, guiri, guiri - dijo su hermana mientras le hacía cosquillas. Merlo no pudo aguantar la risa.