Ropa, café, etc. Tu esposa lo deposita en el termo y, preocupada, te da tu desayuno de la suerte como cada uno de los últimos 10 días, pero ya cerraste la puerta detrás de ti. El día anterior, terminando tu jornada de 8 a 5, llegaste a una hipótesis prometedora.
Fue el primer día en que tu esposa decidió usar los contenedores de plástico para comida y excusar la compra mandándote el desayuno al trabajo cuando ocurrió la primera variación de la historia. Cada uno de tus anteriores 730 días (porque tu contrato incluye días feriados) tenías que pasar junto a las oficinas de célebres astrólogos donde escribían su más reciente artículo científico, los auditorios con seminaristas que fueron tus compañeros de cuarto y los estudiantes que muy probablemente serían tus jefes terminando la carrera, para llegar a la oscura oficina vacía donde te encerrarías a ver la única cosa en el cuarto: la pantalla de tubo de rayos catódicos imprimiendo un circulito blanco, detrás de un gigante botón rojo.
Después, a la 1 de la tarde, vendría el guardia de seguridad cuyo nombre olvidaste unas horas después de que te lo dijo hace años, y sin que ninguno de los dos dejara de ver la pantalla, te retirarías caminando hacia atrás, te asegurarías de que se sentara el policía donde estabas tú, e irías a la maquinita dispensadora a comprar unas donas, galletas o, de vez en cuando, unas papas picantes. Pero la combinación de tu vida sedentaria con la mala dieta te había hecho subir más de 15 kilos y tu esposa decidió empezar a mandarte un desayuno saludable. No era lo que habrías escogido si hubiera sido tu decisión empezar a llevar comida al trabajo, pero era un cambio muy bienvenido, y ya se te hacía agua la boca.
Abriste el contenedor y dejaste que las gotitas de condensación resbalaran por la tapa, incluso te acercaste a olerlo: brócoli, arroz, zanahoria, un poquito de huevo y mayonesa, haciendo un rico arroz chino con tocino de soya. Querías darle una mordida al menos a una zanahoria, pero decidiste maximizar tu disfrute al guardarlo todo para cuando estuviera calentito. Quitaste por completo la tapa del utensilio y lo metiste en el microondas, incluso antes pasándole una servilleta al platillo rotante, limpiando el caldito rojo que alguien más había dejado regado para que no contaminara tu comida. Le pusiste 30 segundos; querías 45, pero ya tenías mucha hambre y no habrías aguantado tanto.
Viste el reloj llegar a 20, escuchaste unos pasos detrás de ti y te aseguraste de ver a esa persona a los ojos, protectivo de tu arroz. Cuando llegó a diez, notaste que llevabas 15 segundos moviendo tu pierna ansiosamente, así que la detuviste, pero la vibración se pasó a tu mano. El microondas llegó a 7 cuando te diste cuenta de que 30 fue demasiado, a 5 cuando decidiste actuar al respecto, a 3 cuando empezaste a mover tu mano y a 1 segundo cuando abriste la puerta del microondas sin dejar que llegara al bip, bip, bip.
Te diste cuenta de que eres un imbécil: no tenías un tenedor para comértelo. Volteaste a buscar un tenedor de plástico, e incluso empezaste a considerar comer con las manos, pero te interrumpió ver que al fondo del largo pasillo, en el cuarto donde trabajas, brillaba una fuerte luz roja, y gente de todos los cuartos del pasillo caminaba rápidamente hacia ella.
Al fin había sucedido, y el botón que siempre soñaste con apretar lo fue por el policía, cuyo nombre al fin recordaste: Jorge. Cada día tú veías la pantalla por 7 horas y 30 minutos, y Jorge hacía sus rondas en el pasillo. Al final del día, cuando llegaba el vigilante del turno vespertino, él ya no estaba, así que nunca estuviste seguro si en tu segunda mitad del día él ya se había ido. Jorge monitoreaba la pantalla durante tus 30 minutos de descanso.
Quisiste hacer las matemáticas de cuáles eran las probabilidades de que el momento de gloria fuera para él, pero tiraste tu arroz chino y corriste al cuarto, empujando levemente a los demás científicos de la universidad. Siguiendo su entrenamiento, aún después de apretar el botón, Jorge no se había levantado, y sin dejar de ver la pantalla les contaba a los demás: ¡Fue rápido, no duró ni un segundo, pero el círculo se hizo así de grande, únicamente de manera vertical, como una línea!
Parte de las cosas que te preguntabas al ver la pantalla era de qué manera se movería el círculo si lo hiciera, si se movería a la izquierda, a la derecha, o si crecería en tamaño o cambiaría de forma, convirtiéndose en una estrella, un corazón o tal vez una cabeza hablando el mensaje claramente, incluso un parpadeo que lo transmitiera en clave Morse, pero no, al parecer el círculo se estiró verticalmente, haciendo un óvalo muy delgado.
—¿Estás seguro? ¿No te lo habrás imaginado?—preguntaste, aunque sabes que era innecesario, ya que se revisarían las grabaciones.
Jorge te ignoró. Tenía una lágrima a punto de escurrir en su ojo; al fin, después de estar rodeado por años de gente que había logrado más que él, tanto académica como financieramente, él, por azar del destino, logró algo que quedaría marcado en los libros de historia. Fue el primer ser humano en ver un mensaje proveniente del espacio exterior.
Solo le quedaban unos minutos de vigilancia, pero Jorge no parecía tener problema en quedarse un tiempo más, así que fuiste a los archivos a pedir las grabaciones de tu monitor de hace unos minutos. Era la primera vez que estabas ahí; aun así, los archivistas te reconocieron y te pareció verlos emocionados por traer las grabaciones. Las cargaron en su monitor principal y comenzaron a ver desde el minuto que saliste. Sabías que tuvieron que pasar alrededor de dos minutos, así que pausaron, adelantaron y cayeron exactamente en el fotograma que muestra el óvalo alargado.
Al fin se pasaron tus celos cuando viste lo que siempre habías querido. Llevaste la grabación en tu pequeña USB de llavero, y los astrofísicos y sus asistentes mandaron copias a astrogeología, mecánica celeste e incluso a los de astronáutica. Eran buenas noticias para todos.
El día siguiente, nadie expresaba su miedo de que pasaran años hasta la próxima variación. Pero pasó cuando, de nuevo, ibas a comer tu arroz chino, confiándote de que no creías en coincidencias. Ahora había un patrón; los dos días había ocurrido al mediodía, así que el tercero no llevaste comida y esperaste a las doce parado detrás de Jorge, acompañado de varios colegas que hasta ahora nunca se habían molestado en conocerte; ahora te hablaban emocionados como si fueran amigos de toda la vida.
Pero pasaron 15 minutos cuando se les acabaron las hipótesis de por qué esta vez no había pasado nada, desmintiendo la favorita de Jorge: que solo iban a querer hablar con él. Decidiste no llevar comida al día siguiente por si el patrón era dos días sí, un día no. Pero tampoco pasó nada. Supusiste que la simetría de dos días sí, dos días no, era más placentera, así que tampoco llevaste comida el quinto día. Nada.
Al fin, el sexto día decidiste experimentar tu hipótesis. Dejarías a Jorge en el cuarto mientras tú veías desde la cocina, volteando de vez en cuando como si jugaras con un bebé. Era una idea estúpida, pero tenías que sacarla de tu cabeza. A las doce, en tu descanso, lo hiciste, con más miedo de verte ridículo a que sirviera. Suspiraste de alivio; después de media hora haciéndolo, nada cambió en el monitor. Solamente tocaba esperar las ideas de los departamentos de mecánica celeste y astrofísica. También las de otras universidades.
Termina este día. También este, y este igual. Así pasas un año. Todas las ideas se acabaron; nunca hubo suficiente información para darle un seguimiento.
Hoy se cumplen los dos años desde el primer contacto y recuerdas a Jorge. Lo odias tanto que estás pensando en una forma de hacer que lo despidan. Pero al fin te calmas y te das cuenta de lo deprimido que estás. Necesitas renunciar a ese trabajo, y es lo primero que harás mañana. Te acuestas en la cama, aún del lado donde dormías cuando estabas casado, cuidadoso de no pasarte a la otra mitad. Tienes frío, pero no quieres agarrar las cobijas; no te las mereces. Mereces resfriarte y pasar toda la noche con un calcetín medio roto molestando tu dedo del pie.
Escogiste una mala carrera, el tiempo que la ejerciste no lo aprovechaste, y tu único posible momento de gloria se te fue de entre las manos. Cierras los ojos y, por tercera vez en tu vida, decides revivir el día que pasó. Ropa, café, etc. Siempre te había dolido pensar en ese día, así que ahí es donde normalmente te detenías. Pero hoy, por tercera vez, sigues.
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Abres los ojos asustado. Sientes una pequeña punzada en el lado izquierdo del pecho. Se te olvida cómo respirar, pero te pones un pantalón, unos tenis, la chamarra que siempre usabas y, como ese día, un tupper lleno de arroz chino y las llaves de tu carro. Te subes a él y te pasas todos los altos, pues son las tres de la mañana y no hay nadie en la calle. Llegas a la universidad, te estacionas en un lugar para discapacitados y entras corriendo.
Solo hay unas cuantas personas en el edificio y te ven sobresaltadas. Piensas en calmarlas gritando Eureka, pero no sabes si eso se dice en ese momento o hasta que la hipótesis se vuelva teoría. Gafete, pasillo, escaleras, escaleras, escaleras, pasillo, cuarto, pantalla, círculo. No conocías al del turno de noche, pero él sabe quién eres, así como el guardia. Les dices que solo necesitas que mantengan la puerta abierta; ellos lo hacen.
Caminas lentamente hacia atrás, pero volteas y aceleras, te urge saber. Abres tu tupper de arroz chino; esta vez no gotea la tapa. Esperas que no afecte el experimento, pero sabes bien que eso no tendría que ver. Metes el arroz al horno de microondas, cierras la puerta, le pones 30 segundos y, más por el chiste que por creer que tuviera que ver, esperas al último segundo y lo abres, dejando escapar un microsegundo de una frecuencia de 2.4 GHz.
Volteas a ver el cuarto más rápido que los reflejos de tu colega, que aún tarda medio segundo en darle al botón.